La verdad es que nunca fui una estudiante de excelencia, más bien siempre fui promedio. Al menos lo que recuerdo de la primaria y la secundaria, era de ochos y nueves con materias reprobadas cuando me costaban demasiado, por ejemplo matemáticas y dibujo técnico en secundaria. En preparatoria me fue mucho mejor, especialmente cuando me fui a mi taller: Comunicación, y a mi área: Humanidades. Tenía materias como sociología, filosofía, derecho, teología, y, claro, comunicación. Como siempre fui una persona de letras más que de números, la verdad es que me iba mejor que nunca en la escuela. Pero en la universidad todo cambió.
Llegué a la UDLAP en Otoño 2013, tenía dieciocho años recién cumplidos, mis papás se habían separado hace cuatro años y divorciado hace apenas tres. Yo había pasado los últimos cuatro años brincando de casa de mi mamá a casa de mi papá y viceversa; no tenía un sentido de hogar y mucho menos de responsabilidad. Mi mamá siempre me atendía y mi papá tenía gente que nos atendía a mí y a mi hermana: niñera, cocinera, empleadas para el quehacer, choferes... No sabía lo que era tener que hacer las cosas por mí misma. Entonces, la vida universitaria, donde por primera vez iba a vivir sola, lejos de mi familia, de mi pasado y de las eternas peleas entre mis padres, me golpeó de una manera convulsiva.
Aunque suene estúpido para alguien de dieciocho años, aprendí que nadie me iba a levantar para ir a clases, que las faltas me iban a afectar más de lo que podía imaginar. Aprendí que podía NO ir a mi casa el fin de semana y quedarme para salir de antro con mis amigos. Entendí que no iba a tener un vigilante sobre mi hombro y llevé los excesos de alcohol, drogas y sexo a un extremo. El primer año universitario me valió la escuela, la verdad es que la universidad nada más la usaba como pretexto para vivir lejos de mis papás y salir de fiesta y a beber lo más posible los fines de semana. En este momento, no me arrepiento de haberlo hecho. Es precisamente la perspectiva de ver quién y cómo era, que me hace valorar quién y cómo soy ahora.
Esto lo descubrí revisando los transcripts de mis carreras: Literatura y Comunicación en la aplicación de la universidad. La verdad es que no tengo muy buena memoria, la epilepsia ha matado algunas neuronas pero la verdad es que nunca fui muy buena recordando; además, después de la separación de mis papás, bloqueé dos años completos de mi vida porque fueron muy dolorosos para mí. Entonces, lo que descubrí fue que durante el primer semestre de mi universidad (Otoño 2013) por dedicarme a dormir, ver Netflix todo el día y embriagarme todo el fin de semana, no pasé ninguna materia; reprobé el semestre con un pésimo promedio acumulado de tres punto nueve. Mi promedio no cambió para nada al semestre siguiente (Primavera 2014) ya que seguía con la misma actitud; afortunadamente no reprobé más porque hice mi primer Retiro Total. Un Retiro Total es un movimiento académico, con el cual das de baja todo el semestre, es prácticamente como si no lo hubieras estudiado. Las materias a reprobar no afectan tu promedio acumulado. De Mayo a Junio (Verano 2014) tuve que meter escuela de verano para subsanar todas mis reprobadas; metí dos materias, de las cuales, pasé una por primera vez en mi primer año universitario.
Desafortunadamente no pude regresar al semestre siguiente. Mi salud se vio mermada por mis desvelos excesivos, la vida de alcohol y drogas en la que estaba y mi irresponsabilidad a la hora de tomar mi medicina para la epilepsia en tiempo y forma. Ese semestre (Otoño 2015) entró mi hermana a la universidad (a estudiar la carrera que ahora estudio yo, qué ironía) y la manera de mis papás de ponerme un ultimátum fue prohibiéndome regresar a la escuela y ponerme a trabajar en la compañía de mi papá como una asalariada sin privilegios. No sé si funcionó o no, pero para el período de Primavera 2015 ya estaba de vuelta en la universidad, en esta ocasión como compañera de cuarto de mi hermana que ya llevaba un semestre en la universidad. Empezaba a pensar que el problema no era yo (sí lo era, pero no pensaba así) y metí puras materias de tronco común; esta solución fue un alivio para mí: pasé cuatro de cinco materias que había inscrito. Hasta la fecha sigo pensando que el ingrediente que me ayudó durante este semestre fue la compañía de mi hermana.
Sin embargo, el ingrediente que me ayudó a ser más responsable y menos fiestera (o por lo menos una fiestera más responsable) se fue al siguiente semestre. Mi hermana había encontrado su camino en la Universidad Autónoma de Baja California Sur. Después de un año en la UDLAP, sintió que la carrera que estudiaba no era su destino, que ella siempre había estado enamorada del mar y que su camino estaba en el Pacífico. A mí se me botó la canica y sentí que necesitaba un cambio de aires, igual que mi hermana. Y como el semestre que había metido tronco común me había ido bien, me convencí de que el problema era la carrera. Ya no quería ser literata, pero tampoco sabía que sí quería hacer, por lo que me fui a lo seguro. Me cambié a Administración de Negocios Internacionales porque me convencí de que algún día heredaría la compañía de mi papá. Fue un error, o quizás sólo me rendí; con el tiempo ha ido cambiando el chip, pero yo era muy de que si algo no me funcionó, es culpa de ese algo no mía y es mejor rendirse. Reprobé dos de cuatro materias que había metido. Entonces, entré en shock... Literatura no era lo mío, Administración no era lo mío, entonces, ¿qué era lo mío? Además, mi novio de apenas cuatro meses había sufrido un terrible accidente y tuvo una cirugía de columna.
Con la tristeza de que Omar no regresaría el próximo semestre a la universidad y el hecho de que Administración no me había gustado nada, decidí darle otra oportunidad a la Literatura. Quizás si trabajaba y me esforzaba como lo había hecho durante los últimos semestres, podría mejorar mis notas en una carrera que sí me gustaba. Primavera 2016 fue el semestre de la soledad: mi hermana no estaba, Omar tampoco y la mayoría de las roomies con las que había iniciado en Colegios ya se habían cambiado de suite o mudado de colegios. Mi estatus académico seguía en la mediocridad, de cinco materias pasé tres y ya no estaba segura de que la universidad fuera algo para mí. Tenía casi veintidós años y no había podido completar ni un semestre con promedio acumulado decente. Y de repente, fue como si el universo me respondiera con una jugada irónica. Para agosto del 2017 mi papá entró en una fuerte crisis económica, ni mi hermana ni yo pudimos regresar a la universidad el semestre siguiente y tampoco el siguiente. Fueron seis meses de regresar a vivir a Tula y seis meses de vivir en el departamento de Polanco de mi papá con el pretexto de estudiar francés en la Alianza Francesa para no "desperdiciar mi vida". Leí los primeros cuatro libros de Dan Brown durante ese período. Veíamos algo de Netflix y básicamente éramos unos parásitos que no trabajan ni estudiaban, pero viviendo en Polanco porque (aunque me duele hasta el hueso más pequeño de mi ser) vengo de una familia acomodada. Y cuando eres de una familia acomodada no te dicen nini, te dicen socialité.
Lo que me salvó de esa pequeña crisis existencial fue el Verano 2017, fue el período en el que mi papá subsanó su crisis económica y pudimos regresar a la universidad. Para este tiempo regresé con mi hermana a Puebla, ella había renunciado a su sueño en el Pacífico y había regresado de La Paz, no porque no fuera lo suyo sino porque un corazón roto puede doler más de lo que la gente imagina. En ese verano volví a meter tronco común y saqué de promedio 9.8 (aunque eso no subsanó mi promedio acumulado de 5.9). Debido a lo que estuve haciendo en mi tiempo en Polanco, descubrí que me gustaba mucho la Literatura, pero también la Comunicación. Fue ahí donde empezó el giro de mi vida, un giro que ahora es un cambio palpable. En Otoño 2017 metí lo que en la universidad se llama 'Programa de Doble Licenciatura' donde puedes inscribir y cursar dos carreras. Literatura seguía sin ser lo que esperaba: me gustaba mucho leer, pero estudiar las teorías literarias era una cosa muy diferente; terminé dando mi segundo, y último, Retiro Total en la carrera. Afortunadamente me quedé con Comunicación, que tenía un promedio acumulado de ocho punto cuatro por todas las materias que había pasado de tronco común.
Mi historia con Comunicación empieza precisamente en Otoño 2017, con mis veintidós años cumplidos, cuando la mayoría de las personas ya se está graduando o terminando la universidad. Yo estaba iniciando una carrera desde cero, en primer semestre. Mi segundo semestre (el primero en la práctica) no iba excelente pero iba bien. Debo admitir que en esa época, al igual que toda mi infancia y adolescencia, dejaba que me definiera lo que la gente dijera de mí, pensaba que me conocían mejor, yo era lo que la gente decía que era, no lo que yo quisiera ser. Grave error y primera lección para toda persona allá afuera: TÚ ERES LO QUE TÚ QUIERES SER, LA GENTE NO DEFINE QUIÉN ERES, LO DEFINES TÚ. Entonces... comentarios de gente tóxica, celosa, que me quería ver hundiéndome y no crecer, me hicieron creer que ya estaba muy grande, muy vieja, que era incapaz de lograr algo en la universidad, que estaba desperdiciando mi tiempo y que mejor lo dejara por la paz. Me hicieron sentirme horrible, minimizada y, por supuesto, en depresión. A medio semestre dejé la universidad (bueno, no la dejé, sólo dejé de ir a clases) y lo peor es que me gustaban mucho mis clases, me gustaba lo que estaba viendo y aprendiendo.
Algo en mi corazón me decía que me tenía que dar una oportunidad, que a pesar de los ataques de la gente, de los cinco años de fallas constantes y materias reprobadas, yo tenía en mí la capacidad para salir adelante y ser una licenciada algún día. Ahora sé que ese algo era Dios, era mi alma hablándome y diciéndome quién era yo en realidad. Suena más poético de lo que en realidad fue, pero lo que pasó fue algo espiritual que no puede ni debe ser explicado, algo que sólo puede sentir el corazón. Y así fue, para Verano 2018 metí mi última materia de tronco común. Me fue bien en verano y lo tomé como señal para seguir intentándolo en agosto. Así fue como en Otoño 2018 metí mi tercer semestre de Comunicación (el segundo en la práctica) y me fue increíble. ¡No lo podía creer! Por primera estaba yéndome bien en la universidad (¡a mis veintitrés años!) para el siguiente semestre (Primavera 2019) repetí el éxito del semestre anterior, a excepción de una materia de números. Sin embargo, en ese verano (Verano 2019) ¡la repetí y la pasé con más de nueve de calificación final! Ahora que acabo de terminar el período de Otoño 2019 y tuve nueve punto dos de promedio general y ocho de promedio acumulado, entiendo que ESE ALGO TENÍA RAZÓN.
Ahora valoro más mi presente, a los amigos que tengo y he podido mantener sin necesidad de alcoholizarme o drogarme, al novio tan exageradamente maravilloso que tengo, pero principalmente A MÍ, A LA VERSIÓN 2.0 DE MÍ. Constantemente me exijo, me pido más: ser más fitness, ver más a mi familia, leer más libros, trabajar y estudiar al mismo tiempo, etcétera. Pero haciendo una retrospectiva a la persona que era hace seis años, a la persona que no se conocía, no se amaba, no se respetaba, era sumamente irresponsable de su vida y su persona, soy una persona diferente. Uno no puede cambiar por completo, al final todos tenemos una esencia y cargamos con un alma que nos acompaña de mucho antes que tengamos conciencia, pero sí podemos ser mejores, competir contra nosotros y SER MEJORES PERSONAS DE LO QUE FUIMOS AYER, ANTIER, HACE SEIS MESES O HACE SEIS AÑOS.
AL UNIVERSO QUE HA SIDO TAN BUENO CONMIGO Y ME HA DADO MÁS DE UNA OPORTUNIDAD PARA TOMAR EL MEJOR CAMINO... GRACIAS POR TODO, GRACIAS POR TANTO.
Comentarios
Publicar un comentario