Este fin de semana tenía planeado visitar a mis hermanos en Querétaro, para concretar la visita hablé con mi papá; con su tono frío y duro de siempre me invitó a regañadientes a San Miguel de Allende. Como es costumbre cada que hablo con él, lloro. Lloro porque me duele cómo es conmigo, lloro porque no puedo contener el dolor de todo lo que se me viene a la mente cuando pienso en él, lloro porque me afecta que le valgo mandarinas a mi propio padre, lloro porque no sé cuál es la fórmula para llegar a quererme si mi progenitor ni siquiera tolera contestarme el teléfono; lloré y lloré mucho, y no sé si esto le ha pasado a alguien (supongo que sí) pero tengo casi veinticuatro años y no pienso dejar que su indiferencia me siga afectando así que decidí escribirle una carta (que aún no sé si le voy a a entregar) pero aquí le voy expresar todo lo que algún día quise decirle y no tuve el valor. Papá: Te escribo esta carta porque estoy a punto de cumplir veinticuatro años y tengo que deja...